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Delegado,
quemado por el sol ardiente de un Tabasco al que dedicó
los últimos años de su vida, con el rostro alargado
y magro, reflejando la palidez de los largos días de ayuno
y penitencia, bondadoso, amante de la gente, de los cielos, de
la tierra, sensible como todo aquel que lleva en sí una
misión suprema, como todo aquel que siguiendo el ejemplo
de un Cristo humilde y de pies descalzos se enfrenta a las realidades
diarias con la sola fuerza de su amor, de su fe, de sus brazos
extendidos, queriendo proteger en ellos a los siervos de la Iglesia.
Don Leonardo Castellanos Castellanos,
nacido el 5 de noviembre de 1862 en Ecuandureo, un pueblecillo
pequeño y modesto del Estado de Michoacán, hijo
de Dn. Fernando Castellanos y Lugarda Castellanos. El pequeño
Leonardo recibió el bautismo el mismo día de su
nacimiento, entrando entonces a formar parte de una familia cristiana
a la que amó y entregó los esfuerzos de su vida
de niño, de adolescente y de hombre.
Su padre fue un humilde sastre, sus recursos
eran escasos y Monseñor Castellanos entonces en corta edad
conoció desde siempre la pobreza en la que quiso vivir,
tal vez por la conciencia de que los grandes espíritus
no precisan esconderse tras el brillo de las posesiones vanas.
A los seis años quedó huérfano
de madre, y fue su papá quien cuidó de su educación
y de estimular su innata devoción a la Iglesia.
Nos cuenta uno de sus biógrafos que fue, desde que inició
la escuela, un buen estudiante, aplicado, obediente, entusiasta
y cariñoso con sus compañeros que lo apreciaron
siempre por sus excelentes cualidades.
A pesar de sus escasos trece años
cumplió siempre con la estricta disciplina que se le imponía,
quería ser sacerdote, estaba plenamente convencido de ello
y lucharía lo necesario por hacerse digno de alcanzar tan
bella posición, y lo logró un día del año
de 1885 en que su propio obispo lo ordenó Sacerdote.
Algún tiempo después
tomando en cuenta su dedicación y afán de no perder
un solo minuto, y la bondad con que atendió la Parroquia
que le correspondía y a sus feligreses, fue nombrado Rector
del Seminario de Zamora.
Fue el Papa Pio X quien lo eligió
para la Mitra de Tabasco el 28 de Septiembre de 1908.
Fue entonces cuando la grandeza de su
espíritu realizó el milagro de volver a la vida
las almas ajenas a la religión que poblaban nuestro Estado,
trajo con él la luz, el ejemplo a seguir por los habitantes
de una región insalubre y hostil a los sacerdotes, trajo
con él la esperanza de un pueblo que padecía hambre
del pan de la fe, de bondad y de confianza.
Se enfrentó solo a la herejía,
a la incredulidad, a la fuerza de los ricos acostumbrados a mandar,
a la debilidad de los pobres relegados a obedecer ciegamente sin
la menor ilusión ni esperanza. No tenían nada los
humildes de Tabasco, fue a ellos a quienes dedicó la mayor
parte de su tiempo, de sus oraciones, de sus noches de desvelo
no podía darles riquezas materiales, pero sí podía
enseñarles a descubrir en sus almas la fuente inagotable
de verdad, de dicha, el Dios que todos albergamos y que en aquellos
seres hasta entonces abandonados estaba oculto, olvidado tras
la gruesa capa de lodo y de pasiones humanas.
Cuentan sus biógrafos que
siempre y a cualquier hora que se le solicitara estaba dispuesto
a responder al llamado con una sonrisa, y con la misma sonrisa
atendía a los enfermos, consolaba a los deudos, salvaba
a las almas, con la misma sonrisa perdonaba las debilidades de
sus feligreses y atendía a sus necesidades, su arma era
el amor, la única que poseía, la más sincera
y valiosa.
Cuando la peste azotó el
Estado de Tabasco eran innumerables las personas que morían
y la principal preocupación de Monseñor Castellanos
era ayudarles a morir en gracia, y como un ladrón saltaba
por las noches a las bardas de las casas apestadas, sin temor
al contagio llegaba hasta la cabecera del enfermo y le brindaba
en sus palabras los últimos momentos de paz y con las joyas
depositadas en la Iglesia repartidas por su mano entre los pobres
se enterraban a los muertos. Él no necesitaba dinero, él
no necesitaba más que el alimento indispensable para sobrevivir,no
se daba lujos que pudiesen ofender la miseria que lo rodeaba.
" Y sólo de vez en cuando
por las calles solitarias puede verse el guarda polvo, todo remiendos
y manchas, que el Obispo de Tabasco usa a modo de sotana".
Y así nos cuenta Gurria Urgell en su romance dedicado a
Monseñor Castellanos, cómo venciendo el temor que
la peste provocaba, se aventuraba solo por las calles desiertas
y mal iluminadas de la ciudad a visitar casas más apartadas
en la que la miseria y la enfermedad concentraban sus dominios.
Debió ser un cuadro hermoso
y tan triste como bello el de aquella figura delgada dando los
últimos Sacramentos en alguna choza humilde, tratando de
detener la angustia de la mujer que ha quedado sola, brindando
sus caricias a los pequeños huérfanos sin saberlo,
sin poder comprender, sin lograr deslizar en sus caritas sucias
lágrimas desesperadas ante una desgracia que no alcanzaban
a captar.
Sólo tres años dirigió
la Diócesis de Tabasco, y en tan corto tiempo todos lo
amaron, todos oían con atención sus consejos y lo
llamaban santo, por aquella guerra de amor contra la adversidad
que mantuvo hasta aquel día 19 de mayo en que callaron
las campanas y cantaron las aves que anunciaban la primavera y
él murió entre el llanto de las personas que aprendieron
a amarlo.
Murió su cuerpo, su materia,
y quedaron su doctrina y sus palabras, su recuerdo vibrante en
el ejemplo dado, grabado con fuego de bondad, de ternura en una
generación que vivió a su lado.
Todos aquellos que en un momento
de su vida lo conocieron han pedido que se le canonice, que pueda
venerársele en los altares como a un santo, y el proceso
se halla en marcha habiendo alcanzado ya Monseñor Castellanos
la etapa anterior a ser beatificado, es Venerable. |