DIÓCESIS DE TABASCO

IV OBISPO
Oct. 05 de 1908 - May. 19 de 1912
 
 
MONS. LEONARDO CASTELLANOS CASTELLANOS
Nov. 05, 1862 - May. 19, 1912
 
 
 

     Delegado, quemado por el sol ardiente de un Tabasco al que dedicó los últimos años de su vida, con el rostro alargado y magro, reflejando la palidez de los largos días de ayuno y penitencia, bondadoso, amante de la gente, de los cielos, de la tierra, sensible como todo aquel que lleva en sí una misión suprema, como todo aquel que siguiendo el ejemplo de un Cristo humilde y de pies descalzos se enfrenta a las realidades diarias con la sola fuerza de su amor, de su fe, de sus brazos extendidos, queriendo proteger en ellos a los siervos de la Iglesia.

     Don Leonardo Castellanos Castellanos, nacido el 5 de noviembre de 1862 en Ecuandureo, un pueblecillo pequeño y modesto del Estado de Michoacán, hijo de Dn. Fernando Castellanos y Lugarda Castellanos. El pequeño Leonardo recibió el bautismo el mismo día de su nacimiento, entrando entonces a formar parte de una familia cristiana a la que amó y entregó los esfuerzos de su vida de niño, de adolescente y de hombre.

     Su padre fue un humilde sastre, sus recursos eran escasos y Monseñor Castellanos entonces en corta edad conoció desde siempre la pobreza en la que quiso vivir, tal vez por la conciencia de que los grandes espíritus no precisan esconderse tras el brillo de las posesiones vanas.

     A los seis años quedó huérfano de madre, y fue su papá quien cuidó de su educación y de estimular su innata devoción a la Iglesia.

Nos cuenta uno de sus biógrafos que fue, desde que inició la escuela, un buen estudiante, aplicado, obediente, entusiasta y cariñoso con sus compañeros que lo apreciaron siempre por sus excelentes cualidades.

     A pesar de sus escasos trece años cumplió siempre con la estricta disciplina que se le imponía, quería ser sacerdote, estaba plenamente convencido de ello y lucharía lo necesario por hacerse digno de alcanzar tan bella posición, y lo logró un día del año de 1885 en que su propio obispo lo ordenó Sacerdote.

     Algún tiempo después tomando en cuenta su dedicación y afán de no perder un solo minuto, y la bondad con que atendió la Parroquia que le correspondía y a sus feligreses, fue nombrado Rector del Seminario de Zamora.

     Fue el Papa Pio X quien lo eligió para la Mitra de Tabasco el 28 de Septiembre de 1908.

     Fue entonces cuando la grandeza de su espíritu realizó el milagro de volver a la vida las almas ajenas a la religión que poblaban nuestro Estado, trajo con él la luz, el ejemplo a seguir por los habitantes de una región insalubre y hostil a los sacerdotes, trajo con él la esperanza de un pueblo que padecía hambre del pan de la fe, de bondad y de confianza.

     Se enfrentó solo a la herejía, a la incredulidad, a la fuerza de los ricos acostumbrados a mandar, a la debilidad de los pobres relegados a obedecer ciegamente sin la menor ilusión ni esperanza. No tenían nada los humildes de Tabasco, fue a ellos a quienes dedicó la mayor parte de su tiempo, de sus oraciones, de sus noches de desvelo no podía darles riquezas materiales, pero sí podía enseñarles a descubrir en sus almas la fuente inagotable de verdad, de dicha, el Dios que todos albergamos y que en aquellos seres hasta entonces abandonados estaba oculto, olvidado tras la gruesa capa de lodo y de pasiones humanas.

     Cuentan sus biógrafos que siempre y a cualquier hora que se le solicitara estaba dispuesto a responder al llamado con una sonrisa, y con la misma sonrisa atendía a los enfermos, consolaba a los deudos, salvaba a las almas, con la misma sonrisa perdonaba las debilidades de sus feligreses y atendía a sus necesidades, su arma era el amor, la única que poseía, la más sincera y valiosa.

     Cuando la peste azotó el Estado de Tabasco eran innumerables las personas que morían y la principal preocupación de Monseñor Castellanos era ayudarles a morir en gracia, y como un ladrón saltaba por las noches a las bardas de las casas apestadas, sin temor al contagio llegaba hasta la cabecera del enfermo y le brindaba en sus palabras los últimos momentos de paz y con las joyas depositadas en la Iglesia repartidas por su mano entre los pobres se enterraban a los muertos. Él no necesitaba dinero, él no necesitaba más que el alimento indispensable para sobrevivir,no se daba lujos que pudiesen ofender la miseria que lo rodeaba.

     " Y sólo de vez en cuando por las calles solitarias puede verse el guarda polvo, todo remiendos y manchas, que el Obispo de Tabasco usa a modo de sotana". Y así nos cuenta Gurria Urgell en su romance dedicado a Monseñor Castellanos, cómo venciendo el temor que la peste provocaba, se aventuraba solo por las calles desiertas y mal iluminadas de la ciudad a visitar casas más apartadas en la que la miseria y la enfermedad concentraban sus dominios.

     Debió ser un cuadro hermoso y tan triste como bello el de aquella figura delgada dando los últimos Sacramentos en alguna choza humilde, tratando de detener la angustia de la mujer que ha quedado sola, brindando sus caricias a los pequeños huérfanos sin saberlo, sin poder comprender, sin lograr deslizar en sus caritas sucias lágrimas desesperadas ante una desgracia que no alcanzaban a captar.

     Sólo tres años dirigió la Diócesis de Tabasco, y en tan corto tiempo todos lo amaron, todos oían con atención sus consejos y lo llamaban santo, por aquella guerra de amor contra la adversidad que mantuvo hasta aquel día 19 de mayo en que callaron las campanas y cantaron las aves que anunciaban la primavera y él murió entre el llanto de las personas que aprendieron a amarlo.

     Murió su cuerpo, su materia, y quedaron su doctrina y sus palabras, su recuerdo vibrante en el ejemplo dado, grabado con fuego de bondad, de ternura en una generación que vivió a su lado.

     Todos aquellos que en un momento de su vida lo conocieron han pedido que se le canonice, que pueda venerársele en los altares como a un santo, y el proceso se halla en marcha habiendo alcanzado ya Monseñor Castellanos la etapa anterior a ser beatificado, es Venerable.