| I.
LA PRIMERA EVANGELIZACIÓN Y LA LARGA OSCURIDAD VIRREINAL:
( 1518 - 1812 )
El tabasqueño ha sido, desde siempre, ferviente guadalupano.
La presencia de María ha logrado que el Evangelio arraigue
en estas tierras, que han sido desde antiguo, confluencia de civilizaciones,
cruce de caminos, pero también tierra de paso en la que pocos
permanecían.
El 8 de Junio de 1518 Juan de Grijalva abrió Tabasco hacia
el mundo occidental, sin embargo los españoles prefirieron
poblar las tierras altas, de clima más agradable. En efecto,
el clima caluroso, el tipo del suelo tan abundante en ríos
y pantanos, las fuertes lluvias siempre has originado grandes inundaciones
que no permitían el fácil acceso al territorio tabasqueño.
Por otro lado, las clásicas enfermedades tropicales, como
el dengue, el paludismo o la disentería, siempre han representado
una dificultad para permanecer por mucho tiempo en la región.
El 17 de Abril de 1519, frente a una gran cruz y ante la imagen
de la Virgen María de la Victoria, Fray Bartolomé
de Olmedo celebró por primera vez la Eucaristía y,
a partir de entonces se impartió el bautismo con regularidad.
Sin embargo esta tierra abundante en riquezas, fue motivo de ambiciones
y abandonos ancestrales.
En 1535 el Virrey Antonio de Mendoza encomendó a los religiosos
franciscanos el trabajo de la evangelización de los indígenas,
pero la atención fue ejercida con muchísima irregularidad,
manteniéndose la religión en una condición
marginal. En Tabasco nunca se establecieron regularmente misiones
franciscanas, dominicanas, agustinas ni jesuitas.
Esta
situación de aislamiento y abandono se agravó por
una razón económica. Desde el inicio de la conquista,
la costa del Golfo de México y, en concreto Tabasco, no fueron
codiciados por la corona española debido a la ausencia de
metales preciosos.
Así, mientras en otras partes se enseñaba artesanías,
alfarería y religión, se fundaban colegios y universidades,
al mismo tiempo que se construían edificios monumentales
y templos, en Tabasco la mayor parte de la población no sabía
leer ni escribir y no recibía instrucción religiosa,
ya que solo tenían acceso a la cultura las personas que tenían
la oportunidad de salir del Estado.
Por siglos, Tabasco permaneció aislado del resto del país,
y aún se le consideró como el basurero de la nación,
ya que acá se enviaba a los indeseables en todos los niveles.
Los gobernadores, nombrados muchas veces solo por favoritismo, fueron
por regla general, gente mediocre, interesada en las explotaciones
de riquezas naturales pero no en el mejoramiento de los pobladores.
A esa circunstancia debemos de agregar las continuas preocupaciones
que se sobrevenían a causa de la incursiones de las piratas
que abundaban en las costas tabasqueñas y cuyo interés
era obtener botín de cacao, palo de tinte, otros productos
de la tierra e incluso personas, a fin de ser vendidos como esclavos.
La “larga oscuridad Virreinal” fue para Tabasco una
curiosa mezcla de sufrimientos humanos, de poco interés en
la educación y de una superficial evangelización.
II. LA ÉPOCA DE LA INDEPENDENCIA:
UNA IDENTIDAD DIFÍCIL: ( 1812 — 1910 )
En el año de 1810 inició en la toda la nación
Mexicana el movimiento de Independencia. Nuestro país veía
su inicio como Nación independiente de la corona española.
Todos los movimientos militares y políticos que conmovieron
a la nación mexicana durante sus primeros años de
independencia tuvieron repercusión en Tabasco. Desde los
acontecimientos de España relacionados con la invasión
de Napoleón y los sucesivos cambios de gobierno en la península,
hasta las luchas internas entre los conservadores y los liberales,
una larga y penosa historia pesó sobre las espaldas de los
tabasqueños, produciendo divisiones internas, poca estabilidad
de los gobiernos, intranquilidad en la vida cotidiana, reduciendo
la producción agrícola y ganadera y descuidando aún
más la educación y la atención de la fe.
En 1810 fue elegido diputado ante las cortes constitucionales de
Cádiz (España) el sacerdote José Eduardo de
Cárdenas, quién había ya organizado previamente
el ayuntamiento municipal de San Juan Bautista. Durante su permanencia
en España, donde presentó un detallado informe acerca
de la situación de Tabasco, tramitó la posibilidad
de que el territorio se administrará en lo civil y en lo
eclesiástico con autonomía respecto a Yucatán.
Tabasco
se gobernó hasta 1880. a través de un Vicario “en
la cabecera” que radicaba en San Juan Bautista, donde se atendieron
periódicamente las estancias y los pueblos con misiones que
daban por regla general misioneros franciscanos que venían
de Orizaba, y se construyeron un gran número de ermitas y
de templos de material más resistente.
En el aspecto político, después de terminado el período
del Imperio de Iturbide, Tabasco, como Estado independiente, resultó
parte de la nueva federación mexicana a partir de 1824. El
5 de febrero de 1825 en la Iglesia mayor de Esquipulas se juró
la constitución federal del Estado.
Pero en el naciente Estado de Tabasco la paz no duraba. Primero,
porque se dieron varias revueltas en las que, a fin de cuentas,
triunfó la obediencia a la Federación. Después,
porque en 1847 sufrió Tabasco dos veces la invasión
del ejército de los Estados Unidos. A principios de 1848,
prácticamente sin haber tenido batallas con lostabasqueños,
se retiraron los invasores, reorganizándose el gobierno llamado
“Liceo Tabasqueño”, presidido por el Sr. Eduardo
Guilbault en Teapa.
Todos los cambios acontecidos en el país durante estos años
a los que nos referimos, afectaron a Tabasco, que tuvo sucesivamente
gobiernos ligados al federalismo, al centralismo, a los conservadores,
al imperio de Maximiliano y finalmente a los liberales triunfantes
en 1867.
Las divisiones en fracciones políticas, que afectaban duramente
la convivencia civil y hasta la vida familiar, influyeron también
para que se descuidara el aspecto de la atención a la fe
del pueblo y a que se hiciera sentir la casi total ausencia de sacerdotes
en el territorio de la Vicaría.
Durante mucho tiempo el Estado de Tabasco dependió, en lo
civil y en lo eclesiástico, de Yucatán. Pero la distancia
que separa el territorio de Tabasco en relación con Veracruz
y Yucatán, hacía sumamente difícil su atención
adecuada; Tabasco quedó sumergido en la sombra de la marginación
y la falta de interés.
Hasta el 25 de mayo de 1880, su santidad, el Papa León XIII
erigió la diócesis en Tabasco. Pero no fue sino hasta
1882 que fue elegido el primer obispo de Tabasco, Don Agustín
de Jesús Torres Hernández, miembro de la congregación
de la Misión.
De los primeros obispos de Tabasco puede decirse que, a pesar de
los esfuerzos que realizaron, fue muy poco lo que lograron, dadas
las peculiares condiciones de la población, la insalubridad
de los terrenos, el clima inhóspito, las enfermedades que
se contraían con facilidad, las pocas ayudas con las que
contaron e incluso la diferencia y la hostilidad de los gobiernos
dirigentes, muy influenciados por las corrientes liberales y masónicas.
El primer obispo, Don Agustín de Jesús Torres Hernández,
solo duró en su oficio dos años, hasta el 30 de julio
de 1885. El segundo, Don Perfecto Amézquita, duró
aún menos, pues fue elegido en junio de 1896 y trasladado
a Puebla al año siguiente.
El tercero, Don Francisco María Campos y Angeles fue obispo
por un periodo más largo, de 1897 a 1908. Durante su período
se gozó de cierta estabilidad y se notó un crecimiento
significativo en la Iglesia: logró durante su permanencia
tener 21 sacerdotes, fundar el seminario y hacerse ayudar de hermanas
Josefinas y hermanos de las Escuelas Cristianas para ayudar en la
educación.
De su cuarto obispo, Don Leonardo Castellanos y Castellanos, muerto
con fama de santidad, puede gloriarse la diócesis. Su estancia
en Tabasco de poco más de tres años, dejó la
huella imborrable de una caridad abierta hacia todos. José
María Pino Suárez, que era tabasqueño y además
vicepresidente de la República en tiempos de Francisco I.
Madero, escribió este testimonio sobre él: “En
mi vida había visto jamás la virtud, la inocencia
y el candor en un hombre. Todo esto lo posee el obispo de Tabasco”.
III. EL TIEMPO DE LA REVOLUCIÓN
Y LA PERSECUCIÓN: ( 1910— 1938 )
En estas tierras tabasqueñas, a pesar de ser tan ricas en
recursos y con abundantes plantaciones de maíz, cacao, tabaco,
arroz, caña dulce, pimienta, los campesinos permanecieron
siempre en la pobreza y el campo quedó muy rezagado.
Esta parte de México, el sur campesino, aislado, empobrecido
y atrasado, se levantó en armas, ansiando tierra y libertad,
en el año 1910. Sin embargo, el movimiento campesino social
y radical, que demandaba una profunda transformación popular,
encabezado por Emiliano Zapata, no fue el verdadero triunfador de
la revolución mexicana. Más bien triunfaron los intereses
de los nuevos agricultores y pequeños propietarios del norte
del país, a quienes se les impedía surgir y crecer
durante el porfiriato.
El quinto obispo de Tabasco, Don Antonio Hernández y Rodríguez,
fue un obispo sufrido y perseguido en tiempos de la revolución.
Ejerció su ministerio por muy poco tiempo, en medio de las
incertidumbres revolucionarias de esos años. Habiendo llegado
a San Juan Bautista en mayo de l913; lo sorprendió en julio
del siguiente año, la rebelión carrancista de fuertes
rasgos anticlericales y fue amenazado, humillado y vejado. De septiembre
de 1914 a marzo de 1921 permaneció en Córdoba, Veracruz
y posteriormente en Michoacán. Regresó a Tabasco a
mediados de 1921, pero en julio de 1922 renunció a su diócesis,
muriendo en el estado de Guerrero en 1926.
Durante las décadas de 1920 y 1930, las facciones revolucionarias
triunfantes de Obregón, Calles y sus aliados, pusieron las
bases para construir el nuevo Estado. México vivió
épocas de promesas eternas para con el pueblo, de radicalismo
fanáticos contra la religión, de odio para con quienes
se consideraban los emisarios del antiguo régimen, de acciones
contradictorias y de fuertes desgarramientos para pasar del México
de caudillos a la “revolución institucionalizada”.
Para la Iglesia católica en México, la corriente revolucionaria
llamada “constitucionalista” llevó adelante una
política de hostilidad y aún de abierta persecución.
A nivel nacional Plutarco Elías Calles atacó directamente
la religión católica y combatió con el ejército
a los católicos levantados en armas. Como nuestros Obispos
nos recuerdan:
La Iglesia llegó a ser vista como el principal obstáculo
de la identidad, de la soberanía y del desarrollo de la Nación,
y se pensó que su eliminación del escenario público,
o al menos su marginación y reducción a la esfera
privada, traería una mayor afirmación de la identidad
de los mexicanos.(EJEST 38 ).
A partir de entonces la presencia institucional de la Iglesia fue
cada vez más marginada de los espacios sociales en los que
antes participaba activamente. Lo más lamentable de esta
etapa no fue tanto que marginaran a la Iglesia quienes detentaban
el poder político, sino su paulatina automarginación
de muchos católicos del mundo de la política, de la
economía y de la cultura en general. (EJEST 42).
La persecución desatada sobre todo hacia 1925, revistió
en Tabasco, dominado por el “líder máximo”
Tomás Garrido Canabal, especial dureza, prolongándose
mucho más allá de los arreglos entre el episcopado
y el gobierno en 1929.
Tomás Garrido es, sin duda, una figura controvertida. Él
aspiraba a mejorar el nivel de vida de los tabasqueños y
pretendió cambiar las estructuras sociales desde la raíz
para avanzar hacia una nueva sociedad más justa. Ayudó
mucho a que las mujeres obtuvieran los mismos derechos sociales
y políticos que los hombres. Prestó especial atención
a la educación y combatió al alcoholismo de manera
inflexible. Destinó una gran cantidad de recursos para brindar
a los tabasqueños la preparación requerida para obtener
un mayor rendimiento en el campo. Dio un fuerte impulso a la ganadería
y al cultivo del cacao, la caña de azúcar, el coco,
el hule y el plátano.
Por todo esto, la época de Garrido, es bien recordada todavía
por muchos en Tabasco. Sin embargo, con su campaña antirreligiosa
Garrido, sembró por todas partes el terror y la angustia,
mediante una profunda falta de respeto a la libertad del pueblo.
Garrido quiso hacer del Estado, aislado del resto del país,
“El laboratorio de la Revolución” un lugar donde
se viviera del trabajo, lejos de “prejuicios” y “fanatismo”
donde estuviera prohibido no sólo el ejercicio de cualquier
religión o el ministerio de los sacerdotes, sino donde todo
había de organizarse de acuerdo al credo “racionalista”.
Con la campaña antirreligiosa, iniciada en 1928 se pretendía,
según Garrido, “desfanatizar” al pueblo. Garrido
estaba empeñado en eliminar la religión. Se inició
la campaña: los templos fueron derribados, los sacerdotes
expulsados, las imágenes incineradas, los hogares allanados
por jóvenes garridistas, camisas rojas, con órdenes
de incautar todos los objetos y símbolos religiosos (libros,
imágenes, medallas, etc.).
Garrido no se conformó con la desaparición física
de los objetos exteriores de culto: quería erradicar lo que
él consideraba puro “fanatismo” y entronizar
el “racionalismo” en la mente de los tabasqueños.
Organizó así asambleas “culturales” encaminadas
a alejar al pueblo del dogmatismo religioso: se hacían discursos
contra la religión, se leían poemas, se oía
música o, simplemente, se quemaban santos.
Erradicar las creencias religiosas se volvió una verdadera
obsesión para Garrido. Se prohibió el uso de las cruces
sobre las tumbas; las fiestas religiosas fueron sustituidas por
ferias regionales, se cambió la designación de todas
las rancherías, pueblos, villas y ciudades que llevasen nombres
religiosos, y se les puso nombre de héroes, maestros, libertadores
regionales, artistas sabios, etc. Se prohibieron todos los escritores
que hiciesen alguna referencia a Dios. A tales extremos de intolerancia
y fanatismo irracional se llegó en el intento de desterrar,
precisamente, el supuesto “fanatismo” y la “irracionalidad”.
Pero, ¿cómo reaccionó el pueblo tabasqueño?
No hubo, es verdad, demasiada oposición a la campaña
y ello se explica por el escaso arraigo de la religión en
Tabasco durante los siglos de olvido colonial: “Esta indiferencia
hacia la religión puede explicarse por el hecho de que en
Tabasco, como hemos dicho, no se establecieron nunca misiones franciscanas,
dominicanas, agustinas ni jesuitas. La población no puso
fuerte resistencia y las escasas manifestaciones de rebeldía
fueron reprimidas. Puede decirse que el culto religioso desapareció
en el estado durante la época garridista.
En 1923 había sido elegido obispo de Tabasco Don Pascual
Díaz y Barreto, jesuita, quien pudo permanecer en su diócesis
sólo alrededor de un año. Al llegar encontró
siete sacerdotes, de los cuales ninguno permanecería en 1938.
Este
prolongado y difícil período, sin embargo, juzgado
a la distancia, fue una purificación para la fe del pueblo
y para la labor de la Iglesia, la cual no siempre había sido
fiel al mandato de su Señor. Garrido pasó, la desfanatización
y las camisas Rojas pasaron, la fe continuó su camino en
Tabasco. Lenta pero seguramente, como escribió el P. Carlos
María de Heredia, Tabasco renacía para Cristo a partir
de 1938. ¡Renace la esperanza, la vida surge, crece el amor,
florece la alegría en medio del pueblo, pues Jesús
resucitó!
IV. EL RENACIMIENTO DE LA IGLESIA,
PUEBLO SANTO DE DIOS: ( 1938 — 1974 )
Los Olmecas y los Mayas, antiguos pobladores de estas tierras, nos
dieron a los tabasqueños nuestra manera particular de creer,
de cultivar la tierra, de vivir y de relacionarnos. Hasta bien avanzada
la colonia, la población de Tabasco era su mayoría
indígena, los indígenas chontales eran casi la mitad
de la población. Aún hoy la presencia de indígenas
en el estado continua siendo importante.
Un elemento importante, es este sentido, es la presencia de los
“rezadores”, que se remonta al período prehispánico
de la cultura maya. La historia de Tabasco, como lo ya lo hemos
visto, está caracterizada por la muy escasa presencia de
sacerdotes en la región.
Por eso, el papel de los fieles laicos en general, y en particular
de los rezadores, es muy importante en la historia de la evangelización
de Tabasco. Solamente ellos sobrevivieron durante la conquista española
y durante los largos siglos de abandono colonial. Incluso en la
época garridista ellos se desempeñaron como dirigentes
de varios poblados.
En la diócesis de Tabasco, durante las largas etapas en la
que prevaleció la ausencia de los sacerdotes y misioneros,
sólo los fieles laicos, catequistas y rezadores fueron capaces
de mantener viva la fe y la religiosidad del pueblo. De manera que,
desde los inicios, los fieles laicos han tenido un papel muy importante
y activo en la Evangelización de Tabasco. Un ejemplo venerable
de catequista comprometido y santo es el indio Gabriel García
en San Carlos Macuspana.
El camino de renacimiento de la Iglesia en Tabasco se inició
hasta el año de 1938, pues, a pesar que desde el 14 de febrero
de 1930 había sido elegido obispo para Tabasco Don Vicente
María Camacho y Moya, éste no pudo entrar a Villahermosa
sino hasta el 10 de diciembre de 1938.
El celo del señor Obispo Don Vicente Camacho, quien durante
los cinco años que permaneció en Tabasco visitó
todos los rincones de la diócesis reavivando la fe, la ayuda
de misioneros seglares entre los que hay que destacar a cinco catequistas
llegadas de Córdoba: Leticia Assenato, Ana María Andrade,
Margarita Ruiz, Inés Salmerón y María de los
Ángeles Pozos, de los Jesuitas y de los Misioneros del Espíritu
Santo, fueron en conjunto revitalizando las obras y la presencia
de la Iglesia y haciéndola creíble en un ambiente
hostil y paganizado.
El 18 de febrero de 1943 murió en la ciudad de México
Mons. Camacho y fue electo el 2 de junio de 1945 Don José
de Jesús del Valle Navarro quien permaneció hasta
1966. La larga y tesonera labor de apoyo que don José de
Jesús dio a las instituciones de catequesis y de educación
cristiana, su preocupación por la formación sacerdotal
y sus relaciones cordiales con las asociaciones civiles, sentaron
bases firmes para lo que vendría más tarde. Las torres
de la futura catedral se realizaron durante su episcopado. Como
un gesto profético, el señor Del Valle inició
la construcción de las torres de la catedral, queriendo significar
la fe de una Iglesia que se levanta. Con el correr del tiempo esas
torres han llegado a ser el símbolo de Tabasco. Sin embargo,
hoy día ese signo puede ser considerado como un anti signo,
es decir el de una Iglesia que no acaba de establecerse, de crecer,
de madurar. La catedral no se ha terminado. Al reiniciar en el 2006
los trabajos materiales de la construcción de la catedral
queremos que también el Plan Pastoral Diocesano sea el signo
espiritual de la Iglesia que quiere crecer y dar su respuesta generosa
al Señor. En 1947 el Lic. Francisco J. Santamaría,
entonces gobernador del Estado, lo calificó públicamente
de “hombre talentoso, comprensivo y patriota”.
En 1950 el señor Del Valle hizo un balance de la hostilidad
que encontró a su llegada, de la carencia de templos y de
otros temas: “Dios nuestro ha prestado su ayuda, supliendo
la que no ha dado este pueblo, tan desconfiado de sus guías
espirituales”. En 1959 expuso el método de diálogo
que puso siempre en práctica: “Buena voluntad,comprensión,
caridad sonriente y obsequiosa en todas partes”.
Después del señor del Valle estuvo por algunos años
Don Antonio Hernández Gallegos, de 1967 a 1974. Él
continuó la obra emprendida.
V. EL CAMBIO EN TABASCO Y EN LA NACIÓN:
( 1974 - 1992 )
El 4 de julio de 1974 tomó posesión como Obispo de
Tabasco Don Rafael García González, coincidiendo el
inicio de su ministerio con el auge petrolero y con los nuevos problemas
que también afectaban a la situación religiosa de
la entidad. En mayo de 1976 veía a Tabasco como “Tierra
de Esperanza” y exhortaba a todos a realizar un decidido esfuerzo
de evangelización. Este esfuerzo, desarrollado en diferentes
maneras, fue dando a conocer a una Iglesia diferente, que trataba
de ser más fiel a Jesucristo y a su pueblo.
El cambio más definitivo que se dio en la sociedad tabasqueña
sucedió cuando se descubrieron nuevos yacimientos de hidrocarburos
en el sureste mexicano. El período de fuerte impacto de PEMEX
en Tabasco podemos ubicarlo de 1965 a 1980. Esta expansión
petrolera generó grandes alteraciones en el hábitat
natural, en la vida cotidiana y en las relaciones económico-sociales
de toda la región. Así iniciaron años de grandes
contrastes sociales, culturales, políticos y económicos.
El agravio más grande que perciben los campesinos con la
llegada de PEMEX a la región fue la ruptura del hombre con
la naturaleza. Antes de la llegada del petróleo, el campesino
vivía dentro de ella como un elemento más de sus criaturas;
había un respeto ancestral por la sabiduría que sólo
se adquiere con siglos de asentamientos en el medio y una sabiduría
atesorada de generación en generación, que se relaciona
con el mejor modo de vivir sin destruirla. De esta manera, se mantuvo
por mucho tiempo el equilibrio entre seres humanos y naturaleza.
Pero un día llegó “el otro”, el conquistador,
el que irrumpe desde fuera, el que destruye la naturaleza e impone
a los demás su diferente modo de vivir; intenta sojuzgar
al medio natural para extraer los hidrocarburos del subsuelo; desvía
ríos, abre canales, destruye selvas y bosques.
Económicamente, las consecuencias aparecieron en la contaminación,
la destrucción, la pérdida de la tierra; ladisminución
alarmante de la agricultura dada la importancia que el gobierno
da a la producción de petróleo. El alza en el costo
de la vida; el aumento del latifundio; el empobrecimiento del campo.
Toda esta situación se vio agravada por la corrupción
que imperaba en el medio.
Políticamente
se inició una época de control y dominio político
a través de PEMEX y del sindicato, con una amplia esfera.
Culturalmente, aparece una transformación y desajuste enorme
en la estructura familiar, en la formación de una cultura
urbano-campesina y, en la vida y práctica de la religión.
El mundo exterior, del que el tabasqueño estaba aislado,
invadió con violencia la vida tranquila y cerrada que se
tenía. Se enfrentaron realidades nuevas en un tiempo muy
corto y a un ritmo muy rápido, lo que no permitió
una asimilación paulatina. Así se provocó una
crisisen la sociedad, que no consigue ser asumida tan rápidamente.
Con
la llegada de la industria petrolera, es verdad, llegaron cosas
muy buenas. Se construyeron caminos, llegaron personas y equipos
de maquinaria, llegó la luz eléctrica casi a todas
las rancherías y con ella legó la televisión.
También llegaron las oportunidades de empleo, la inversión
federal, la rápida modernización de las ciudades,
en fin, la llegada de PEMEX marcó el fin del aislamiento
en que el tabasqueño vivía y el inicio de la modernidad
para la región.
Pero el cambio social que se produjo marcó profundamente
al tabasqueño. Desde ese momento comenzaron grandes rupturas
con las tradiciones de los antepasados. Se produjeron muchas crisis
que hasta hoy no han sido totalmente superadas.
Durante esta época de cambios profundos, la iglesia también
ha ido cambiando. Don Rafael fundó el seminario mayor al
que han ido ingresando cada vez más vocaciones locales. Este
importante logro, junto con la presenciade las comunidades religiosas,
los movimientos de los laicos, la educación de las comunidades
y las catequesis diferenciadas fue cambiando la fisonomía
de la diócesis de Tabasco. El proceso sinodal, iniciado en
elaño de 1987, tenía como meta afrontar estos cambios
para lograr una Iglesia renovada, comprometido y de cara al futuro.
En 1983 se envió a Roma un informe que, en unas cuantas líneas
resume las acciones emprendidas por Don Rafael a la frente de su
Iglesia local: “Pasada la persecución religiosa, que
en esta diócesis fue caótica y enfrentados por los
tres obispos anteriores los desastres y sus consecuencias inmediatas,
necesitábamos quien pudiera lanzarnos a una nueva y renovada
imagen de la Iglesia quien, haciéndola presente, invitara
a respetarla y escucharla, a buscarla y, en fin amarla. Desacreditada
como estaba y sigue estando en diferentes ámbitos, la Iglesia
se ha ido levantando, erguida y firme como las dos torres de su
inconclusa catedral, gracias a la fuerza del Espíritu y a
la labor incansable de su pastores”.
VI. NUESTRA ÉPOCA
ACTUAL, DE CAMBIOS Y CONTRASTES: ( 1992— 2002 )
El 30 de Noviembre de 1992 fue consagrado como decimoprimer obispo
para la diócesis de Tabasco, Don Florencio Olvera Ochoa.
Toda esta última etapa ha estado marcada por los profundos
cambios sociales a los que asistimos en el mundo y en la Nación.
Comparando el Tabasco de hoy con el de años atrás,
encontramos contrastes muy marcados: de un estado de crecimiento
reducido se ha dado paso a un estado de acelerado crecimiento. De
un estado predominantemente rural y campesino, se pasa al crecimiento
de las ciudades. El estilo de vida de los tabasqueños se
ha modificado notablemente. El trabajo agrícola y ganadero
ha variado. El mismo paisaje ha quedado marcado con las construcciones
directa e indirectamente relacionadas con el petróleo, contaminando
muchos de los campos y los ríos.
Por una parte, se multiplicó la riqueza de algunos, se embelleció
la ciudad capital y se le dotó de suntuosas obras. Pero,
por otra parte, han subido los precios, se han multiplicado los
problemas y las distancias entre los hombres, la criminalidad y
el empobrecimiento de la mayoría han crecido. Al desarrollo
económico no lo ha acompañado el desarrollo humano.
Lo recuerdan nuestros Obispos: El deterioro de la capacidad adquisitiva
de la mayoría de las personas; la falta de empleos y condiciones
favorables para la micro, pequeña y mediana industria; la
caída en la calidad de vida especialmente de las clases medias
y su paulatina disolución como grupo social; y el acelerado
enriquecimiento y concentración de la riqueza de unos cuantos,
ponen en evidencia uno de los más graves problemas de nuestro
tiempo y hacen de México uno de lo más graves problemas
de nuestro tiempo y hacen de México uno de los países
con mayor desigualdad en la distribución de la riqueza en
el mundo. (EJST 56).
La pobreza ha crecido en los últimos 20 años. Nos
referimos no sólo a las formas de pobreza tradicional y de
injusticia social que ya teníamos, sino que han surgido nuevas
maneras de empobrecimiento en el campo y en las ciudades, de marginación
y hasta de exclusión de grandes grupos sociales, especialmente
de campesinos e indígenas. (EJEST 57).
La Iglesia en Tabasco tiene el enorme reto de seguir emprendiendo
una evangelización inculturada y encarnada, en la que el
encuentro con Jesucristo vivo nos lleve, personal y comunitariamente,
a la conversión continua, a la comunión efectiva y
a la solidaridad activa entre nosotros.
Desde su llegada a Tabasco, Don Florencio fue buscando este objetivo.
En el año de 1994 nos comprometimos como diócesis
a impulsar las cuatro dimensiones de la pastoral: la pastoral de
evangelización y proclamación de la Palabra de Dios,
de anuncio y denuncia proféticos. La pastoral de celebración
de la vida o pastoral litúrgica. La pastoral del servicio
y la caridad o pastoral social. Y la pastoral de la comunión
y los ministerios.
En el año de 1996, respondiendo al llamado que el Papa Juan
Pablo II hizo a la Iglesia universal, Don Florencio nos convocó
a la preparación del Gran Jubileo de la Encarnación
en el año 2000. Con este proceso jubilar, nos fuimos preparando
para emprender el camino de nuestra Planeación Pastoral Diocesana.
Don Florencio supo coordinar esfuerzos y conjuntar personas, experiencias
y carismas, aceptando el reto que implica una comunidad eclesial
compleja.
En la primavera del año 2001, don Florencio Olvera Ochoa,
tomó posesión como Obispo de Cuernavaca, quedando
Tabasco como diócesis vacante y al frente de ella el administrador
diocesano el Pbro. José Narváez García.
El 8 de abril del año 2003 llega a Tabasco nuestro nuevo
Obispo, Excmo. Sr. Don Benjamín Castillo Plascencia, hasta
entonces obispo auxiliar de la arquidiócesis de Guadalajara.
Don Benjamín encuentra una sociedad tabasqueña plural
en lo político y en lo social; encuentra una Iglesia en camino.
Sus ejes que proyectan su trabajo pastoral son los siguientes: continuar
con el proceso diocesano de la planeación pastoral, darle
prioridad al seminario para que siga formando a los futuros pastores
de la diócesis, impulsar la formación integral y permanente
del presbiterio, llevar adelante la construcción de la catedral,
impulsar la pastoral familiar y lograr el diálogo permanente
con todos los agentes de pastoral, especialmente los presbíteros.
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